
Ayer caminé y caminé por el centro de Lima.....vi tanto, me acordé de tanto, vi caras, traté de imaginar que cada uno se dirige a un lugar tan rápido como yo.
Estuve distante de mí , pensante más en los demás.
En las caras, los gestos.....sumergida en un mundo de ideas, tratando de imaginarme sus problemas y paltas. Desde examinar la forma de vestir, hasta la forma de caminar o moverse, ver porque eligió meter sus cosas en una bolsa negra para salir a la calle o porque esa mujer lleva un bolsón plástico en vez de una cartera. Entre quienes se arreglan, o quienes salen con la cara lavada, en medio de esas mujeres siempre coquetas o esos tipos que no les importa que traen encima, que caminan rígidos y solo se les ve en la cara un impetú agresivo, fuerte y directo que de tienen algo importante por hacer. Desde esos hombres que se ponen casacas de cuero en invierno, la única estación del año donde las sacan al aire, mejor dicho a la humedad que nos rodea por estos días.
Solo observé e imaginé mucho.
Pensé, esa mujer no hace nada en su casa, pasé por su lado, tenía las uñas más largas y rojas que vi por mucho tiempo, se le notaba la base que se había echado en la cara para taparse los poros que más tarde le gritarían ¡por favor oxigéname! esos poros que no respirarían por horas y que en su defecto dejarían una marca negra dilatandose, dejando un gran punto negro, que esta mujer intentaría sacar con alguna crema de las tantas que parece usar.
Observé como una chica que parecía una niña jaloneaba con poca paciencia a un niño de 3 años que lloraba porque no quería caminar, vi a la sra. de los chocolates que se moría de frío y humedad en medio de sus dulces, que me confesó que aún no había almorzado y que solo comió una galleta de soda.
Y me chocaba con esos hombres-armario, que van todos los días por el centro de lima con un folder manila sucio o con bloque negro duro y horrible al cual le llaman maletín, que traen lentes chuecos, visten de sastre todo el día, sea de inverno o verano.
Siempre que vengo al centro que quedo con varias imágenes en la cabeza. Solo me sucede en el centro de Lima.
En miraflores o barranco o los lugares por donde suelo salir de noche me dejan otra sensación.
Es otra realidad.
Hace días, pasando con el carro de un amigo por el penal San Jorge que también está por el centro vi, a un hombre durmiendo en la vereda, en medio de cartones y bolsas. Mucha gente pasaba por su lado, había un tráfico de los peores, pero este hombre retozaba de la mejor manera, inmutado por la realidad, en su pequeña burbuja de descanso, húmedo, duro, frío, ajeno, sin privacidad alguna pero suyo al fin, en medio de la calle, compartido con cientos de traseúntes y carros.
Me provocó tomarle una foto, pero no tenía cámara.
Más allá vimos a un grupo de hombres parecidos al anterior, con plásticos y cartones, estos ahora también sentados en el piso estaban conversando y jugando cartas, como si estuvieran en una sala, parecían pasarla muy bien, como los mejores amigos y que no les incomodaba nada ni el polvo, ni las gotitas de garúa que comenzaban a mojar sus camas improvisadas.
Otra foto me provocó.
Igual traté de ver los detalles de la escena y de registrarlos en mi mente.
Hacia mucho que no veía tanta pobreza conviviendo con nuestra realidad, fría , ajena, extraña, sobre todo que parecemos ignorar, y despúes de cada visita al centro de Lima salgo con la misma conclusión que la tengo tres cuadras al llegar a mi casa: Que afortunada soy de tener un lugar donde dormir, comer y conversar.
Aprendiendo de la Realidad Social Peruana.



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